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Reflexiones e indignaciones desde Argentina.

Por Raúl Díaz,
Universidad Nacional del Comahue


Estimados compañeros: les transmito algunas reflexiones e indignaciones, escritas apresuradamente, y con la intención de continuarlas después.

 

Con posterioridad al ”indiocidio”, uno de cuyos efectos fue la relocalización forzada de pueblos originarios, el estado nación cometió el canibalismo (Briones 1997) de tragarse ”indígenas” para escupir ”argentinos”. Aquéllos, sólo podían residir en el vientre de la nación a condición de ”civilizarse” y ”convertirse”. De todos modos, los sobrevivientes y descendientes fueron realojándose en otros lugares, bajo los permisos y acuerdos más o menos precarios que pudieron obtener, incluso como premios a su colaboración en la conquista.
Nuevos desalojos y despojos debieron recomponer estas ubicaciones, destinándose para ellos, en la casi totalidad de los casos, las tierras sobrantes e improductivas, e incluso, las reservas.

A estos movimientos de reterritorilización de los primeros habitantes le acompañó siempre la aprobación o desaprobación ideológica de sus modos de vida y tipos de reclamos. Así fueron sucesiva y alternativamente considerados indios ”buenos” y ”malos”.
Si aceptaban vivir en el seno de los jugos gástricos del vientre estatal se consideraron indios ”aceptables”, e incluso se montó sobre ellos la operación cultural de mostrarlos como antecedente y componente de la identidad regional, cosa que se reforzó a partir de la provincialización del Neuquén.
En cambio, los indios que intentaron salirse de ese lugar folklórico asignado, fueron catalogados como indios malos, como ”otros” intolerables, ya que el carácter de sus reivindicaciones fue adquiriendo visibililidad política al disputar, ya no fracciones de tierras, sino territorios indígenas. Para este Estado racista, un indio haciendo política no es un ”indio puro”.

El Estado provincial hoy es gobernado bajo la primacía de la intolerancia política hacia los sectores populares en su conjunto; y en eso no se distingue mucho de la norma general que gobierna al país. Lo que se evidencia, en este caso, es la cuota de racismo autoritario que ejerce como fundamento de su represión y control de los conflictos económicos, sociales y culturales. El Sr. Gobernador, Homosapagensis que no está en extinción (sino que por el contrario parece florecer en ese costado racista y autoritario de la argentina), se arroga el papel de dictaminar quiénes son los indios, dónde estuvieron hasta ahora, y lo que les corresponde como asentamiento en esta provincia. El necesita, para colmar su racismo, indios ”pura sangre”, quizás como los animales que patronea en su estancia, sin darse cuenta que la raza y la cultura son procesos más complejos que las dinámicas celulares que gobiernan la biología.

Desde una interpretación instrumental este Gobierno gerencia los intereses de capitales transnacionales que en poco benefician a la provincia y en mucho a los centros del poder financiero. Lo que provoca vergüenza ajena, es que Homosapagensis incursione en la investigación social y cultural como si fuera otra de sus estancias, desconociendo los esforzados trabajos de los peones del campo de la antropología, para entender, acompañar y fundamentar de acuerdo con el conocimiento disponible y actualizado, los movimientos indígenas del todo mundo, y a partir de los cuales se viene consolidando una cuarta generación de los Derechos Humanos.

Al respecto, superada en parte la visión esencialista de la tolerancia cultural de la sociedades mayores respecto de las sociedades indígenas, lo que hoy está en el centro del debate es la cuestión de la relación entre los Estados y las reivindicaciones territoriales de los pueblos (naciones) originarios. En este reclamo se condensan los problemas y la direccionalidad de las luchas indígenas porque los estados deben recomponerse ante esta situación. Eso es lo que le provoca úlcera al Homosapagensis: que unos pocos indios (incitados según él por otros pocos agitadores) se planten y reclamen la posesión de los lugares que ancestralmente vienen ocupando, es lo que hace sangrar al vientre de la nación. El remedio a mano es la Dirección de Tierras: según esta oficina no hay registro de ocupación larga y permanente de parte de alguna agrupación. En consecuencia, no hay tierra indígena pero tampoco indios.

La operación racista y autoritaria consiste en ejercer el poder para que el ”otro” se marque con señas evidentes del espacio simbólico y material que este Estado sustenta que debe ser un indio tolerable. Para ser indio y tener ”derecho” a una tierra, debe fundamentar su existencia como tribu, la ocupación ininterrumpida y, además, buen comportamiento.

Justo en este caso, tanto la ascendencia indígena como la ocupación constante, están demostradas (aunque la Dirección de Tierras no lo reconozca). Por eso, en esto el Homosapagensis sencilla y groseramente, miente. Pero, lo que desde la antropología interesa remarcar, para no dejarnos ocupar el campo con la pseudo investigación paralela que utiliza como trasfondo para su mentira, es que aún si no la hubiera, quiénes son indios y dónde deberían vivir y proyectarse como pueblo (nación) no es algo que le corresponda a la autoridad familiar del Homosapagensis. Por el contrario, esa cuestión requiere probar hasta dónde es capaz de pensarse, actuarse y transformarse a sí misma la democracia.

En efecto, lo que hace falta es un amplio debate acerca de las nuevas relaciones entre los estados y los pueblos originarios, debate cuyo punto de partida es la igualdad de derechos para ser diferentes. Si el estado los sacó de modo violento y contra la constitución --la conquista de territorios por esos medios no se admite por nuestra legislación por lo que los resultados de la conquista del ”desierto” (otro racismo) deben replantearse-- ¿no es hora de dar lugar a la reparación histórica, económica, social y cultural que el Estado Argentino se debe a sí mismo?

¿No es hora de ponerse a la altura de las circunstancias y plantearse un reconocimiento de los pueblos originarios que vaya más allá de tolerarlos en nichos segregados y hablar de integración en términos de nuevas relaciones en una sociedad más democrática?

¿Hasta cuándo podemos permitir cometer canibalismo y o segregar a los indios del vientre del Estado Nación? Tan poco espacio social tiene este Estado como para que no puedan convivir varias naciones y pueblos entre sus paredes estomacales?

Raúl Díaz-Universidad Nacional del Comahue.

 

(He usado libremente argumentos de otros colegas, especialmente de los trabajos de Claudia Briones-UBA.)

 

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